El Mago de Mesopotamia (novela completa)

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EL MAGO DE MESOPOTAMIA

 

Descubriendo el Último Misterio

 

(Novela Breve)

 

 

Abel Carvajal

 

 

©Abel Carvajal. 2000. Derechos de autor reservados.

Edición en español para distribución gratuita. Se autoriza su copia, impresión y reenvío por cualquier medio solamente en lengua española. Pero queda prohibida su impresión o publicación en cualquier medio  para su venta o comercialización sin previa autorización escrita de su autor, así como las traducciones a otras lenguas. Para información adicional escriba a:   abelcarvajal@une.net.co  o infórmese en  http://es.geocities.com/abelcarvajal  o http://mx.geocities.com/abelcarvajal/  

 

 

 

A mi Sulamita

 

 

 

"La que vale es la última vida"

Mahoma

 

 

 

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: "Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret."

Natanael le replicó: "Pero ¿qué cosa buena puede salir de Nazaret?" Felipe le contestó: "Ven y lo verás."

Cuando Natanael llegaba donde Jesús, éste dijo de él: "Ahí viene un verdadero israelita de corazón sencillo." Natanael le preguntó: "¿De cuándo acá me conoces?" Jesús le respondió: "Antes que Felipe te hablara, cuando estabas bajo la higuera, ahí te conocí."

Natanael exclamó: "Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!" Jesús le dijo: "Tu crees porque te he dicho: Te vi bajo la higuera. Verás cosas mayores que éstas." Juan 1, 45-50

 

 

 

I

 

                Muchas cosas han pasado desde que salí de Roma hace más de tres inviernos, en el año 14 del reinado de "El Dácico"*, mi magnánimo tío con quien no se aún si tengo la fortuna o desventura de compartir el nombre, como tu bien sabes apreciado Fabio.

                Te sorprenderá la extensión de este escrito así como el apenas legible pergamino que lo acompaña, que por la Gracia Divina no fue totalmente consumido por el fuego. Los que deposito bajo tu custodia hasta mi llegada a Lugdunum**, si es que el mensajero logró cumplir cabalmente su misión. En caso contrario solicito, en nombre del único y verdadero Dios, a quien en sus manos posea estos rollos su protección y difusión de lo que en ellos encontrará, asegurando su conservación de generación en generación para que en tiempos futuros los hombres conozcan la Verdad. Igual pedido te hago excelente Fabio, en nombre de nuestra antigua amistad, si después de un tiempo prudente no vuelves a tener noticias mías.

                Confiando pues en los designios de Dios, he decidido componer para ti y para todos aquellos que quieran conocer la Verdad, un relato ordenado de todo lo importante que me sucedió en estos tres años y que cambió mi vida para siempre.

                El Trajano que te escribe no es el mismo con quien compartiste la mesa en aquella magnífica fiesta con la que me honraste en tu espléndida casa en Lugdunum. Tampoco es el mismo que luchó a tu lado en las guerras por la Dacia, y menos aún, el muchacho orgulloso de su pasado turdetano junto al que creciste jugando en los alrededores de nuestra Itálica. Recuerdos que todavía guardo en mi corazón.

                Así es, yo Marco Trajano, quien no cabía de gozo y vanidad cuando mi célebre tío se vistió de púrpura, quien blandía con excesivo donaire el Sello Imperial cuando se me encomendó la supervisión de la construcción de la vía entre Benavento con Brindisi, y no supe elegir entre apaciguar mi ira a empuñar la espada ante las ofensas de algunos desdichados; confieso con la humildad que sólo  da un espíritu arrepentido, que estaba equivocado y demasiadas veces actué mal. Hoy, cuando he visto pasar casi cuarenta primaveras, puedo decir que soy otro hombre, gracias a que otros me mostraron el Camino a la Verdad y a la Vida, la Verdadera Vida.

                Como recordarás cuando te visité en Lugdunum, ya hacía un largo tiempo me había retirado de la vida militar en pos de colaborarle al César en la administración del Imperio. Contaba con una modesta pero suficiente fortuna producto de los botines que me correspondieron como Capitán de Legión en las guerras por la Dacia, que bien sabes no escasearon. Además de las recompensas que eventualmente recibí de mi generoso tío por lo que él consideraba un buen desempeño en mis funciones administrativas, tal y como lo hacía con los demás que le servían lealmente. Es así que quise imitarte, comprando una hacienda no muy lejos de Roma adonde pudiera retirarme de la vida pública, dedicarme al estudio de la Filosofía, tal vez casarme y construir una familia. Aunque todavía no conocía a ninguna mujer, hija de algún patricio o al menos ciudadana romana, que cumpliera los requisitos que exigía para tal fin. ¡Cuán equivocado estaba!

                Recién me había instalado en la casa de mi hacienda junto con mi leal esclavo egipcio, que antes había servido a Domiciano, después a Nerva y luego a mi tío, quien me lo obsequió un día sin más razón que "llévatelo, ya merece descanso en manos de un amo que no tenga mujer que lo azote." Además de Ahmés, que así se llamaba el viejo esclavo que conoció los secretos más íntimos de tres césares y de cuyo nombre se ufanaba que perteneció a un antiguo general tebano que expulsó a los hicsos de su milenario país, llevé conmigo a la bella esclava judía que dos años atrás había rescatado en el puerto de Ancona de las manos de un inescrupuloso mercader sirio. Cuando una lluviosa mañana llegó hasta mi puerta un mensajero de César Augusto Trajano "El Dácico".

                Pese a que no estuvo muy de acuerdo cuando decidí renunciar a mi cargo, el Dácico comprendió y aceptó. Ahora en su carta, sin ninguna explicación, me pedía regresar al Palacio.

                Sulamita, mi joven esclava, me puso la capa con la suavidad que la caracterizaba en su trato. Al mirarla ella leyó en mis ojos la preocupación de que se frustraran los planes de llevar una vida alejada de la política. "Confía en la voluntad de Dios, Él te dará lo mejor," me susurró.

                "¿Acaso lo mejor que te pudo dar tu dios fue hacerte esclava?" Le repliqué. Bajó su cabeza. Arrepentido por la crudeza de mis palabras, agregué: "Está bien, pídele a tu dios judío que me acompañe." Sus ojos negros brillaron de nuevo.

                Siempre había sido un escéptico en cuestiones religiosas, así se tratasen de los dioses del Olimpo, de los dioses con cuerpos humanos y cabezas animales que adoraba Ahmés, o del tal Yavé, el Dios sin rostro ni cuerpo que pregonaba el pueblo al que pertenecía Sulamita. Mi educación filosófica sumada a la observación del mundo y de los hombres, me hacía difícil creer en uno o varios seres superiores al ser humano. Dioses en contra de toda lógica o razón, que consideraba más como productos de la necesidad del Hombre de responsabilizar de los actos humanos a actores invisibles supramundanos y del no aceptar que la vida simplemente termina con la muerte, engañándose con la ilusión de una supuesta vida en el más allá.

                No obstante existían muchos interrogantes sobre la condición humana, sobre la vida y sobre la muerte, a los que no encontraba respuestas satisfactorias. Por lo que leía  y escuchaba con atención desapasionada toda filosofía y religión nueva que estuviera a mi alcance, sin excluir temas oscuros como la magia y la hechicería, logrando sólo aumentar más las dudas al respecto. Hasta tal punto que llegué a una conclusión: O caía en un mar de confusiones que podrían llevarme al borde de la locura, o, abandonaba toda búsqueda de respuestas y me refugiaba en la seguridad de mi escepticismo. Opté por la sana e indiferente incredulidad. Cuando me llegara la muerte encontraría las respuestas, si es que existía alguna.

                Pero sería injusto sino reconociera que durante todos aquellos años de búsqueda de la Verdad aprendí de filósofos, sacerdotes, magos y ascetas, así como de algunas religiones, valiosa sabiduría. La que me permitió extractar muchas cosas ciertas, que encontraba en común, entre las diversas creencias y pensamientos.

                Empecé a dilucidar que la verdadera magia, la verdadera Fe, es la "de adentro hacia afuera", como la llamé. Es ésta la que logra el cambio interior, del ser, la que alcanza la libertad del espíritu, a través del reconocer y aceptar el destino, el sino del hombre, cumpliendo a cabalidad su misión. Fortaleciendo el espíritu con el manejo de la energía interna, multiplicándola en vez de derrocharla en los asuntos que se originan en la vanidad, emociones dañinas, que son los verdaderos demonios: La envidia, los celos, la ira, el egoísmo, el engaño, la codicia, el odio y la venganza.

                Descubrí también, que las mujeres y los hombres somos infelices porque andamos por la vida cargados de apegos y de rutinas. Somos ciegos, no vemos lo que hay que ver ni sentimos lo que hay que sentir, cuando el mundo nos ofrece sus bellezas a diario. El secreto de la felicidad es sencillo: Hay que ver, sentir y vivir al máximo cada día con los regalos que la Naturaleza, la Vida misma, nos obsequia.

                Y es que conocí a hombres verdaderamente ricos, no por sus bienes materiales, aunque algunos también los poseían en abundancia, sino ricos de espíritu, felices, llenos de esa misteriosa energía vital. Una especie de gran fuego interior, de energía multiplicada, que hace que todo surja como por arte de magia, que todo salga bien, que hasta los deseos más sublimes se cumplan. Hombres que han descubierto esa magia "de adentro hacia afuera" y viven cada día de acuerdo al secreto de la felicidad. Hombres que traslucen su "riqueza" a través de la paz y serenidad que irradian.

                Algo que cualquiera puede alcanzar si multiplica su energía interna, alimentando bien las llamas de ese fuego interior. Lo que me propuse y poco a poco comencé a ganar. Siendo ésta la principal razón por la que desdeñé la promisoria carrera política que tal vez hubiese desarrollado bajo el manto protector del César. Decisión inaceptable para muchos.

                Creo que ahora queda más claro el motivo de mi preocupación ante la inesperada llamada del Dácico.

 

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                (*)Marco Ulpio Trajano "El Dácico": Nacido en Itálica (España) en el año 53 d.C. cerca de Sevilla. Emperador romano (98-117). El primer extranjero que ascendió al trono. En el 91 fue nombrado Cónsul por Domiciano y en el 96 gobernador de Germania Superior; en el 97 fue adoptado por Nerva al que sustituyó a su muerte en el 98. Restituyó al  Senado algunas de las prerrogativas que le habían sido quitadas por sus antecesores. Convirtió la Dacia en provincia romana tras dos guerras (101-102 y 105-107), por lo que ganó el apodo de "El Dácico"; anexionó la Arabia Pétrea y tras vencer a los partos, Mesopotamia, Asiria y Armenia. Gobernante progresista; su reinado destacó por el saneamiento de la política administrativa imperial y por el impulso dado al comercio y a la agricultura. Construyó numerosas obras como el gran Foro Romano; vías como la Vía Trajana, que unía Benavento con Brindisi; puertos como Ancona y Civitavecchia; puentes como el Alcántara, sobre el Tajo; y monumentos como la "columna" que lleva su nombre. Consideró a los cristianos fuera de la ley pero no los persiguió obsesivamente. En su época se desarrollaron notablemente la literatura y el arte. Murió en el 117.

                (**)Lugdunum: nombre latino de Lyon (Francia).

 

 

 

II

 

                Para muchos debido a su origen provinciano, pero yo que le conocía bien, sabía que la sencillez del Dácico iba acorde con su práctico estilo de vida, la que ahora se reflejaba en el palacio de los césares. Sencillez que entraba en contradicción con su vanidad. Ambas, virtud y defecto, han sido marca de familia.

                "Veo que te ha sentado bien la vida en el campo," fue su saludo.

                "Así es loado César." Sólo en las reuniones familiares lo trataba de tío y ésta no lo era a juzgar por la presencia de sus consejeros.

                Después de preguntarme por mis negocios y comentarme asuntos triviales de Estado, de los que por mi cargo anterior tenía conocimiento, hizo una pausa y miró a uno de sus consejeros. Éste le pasó una carta. Dejando de pasearse por el salón se sentó en su silla mientras la desenrolló con lentitud mirándome en silencio con cierta picardía.

                "Escucha con atención," dijo finalmente antes de iniciar la lectura de un breve párrafo que, intuí de inmediato, truncaría mi plan de retiro:

                "El contagio de la superstición cristiana* no se limita ya a las ciudades sino que se ha propagado a los pueblos y campos, y se ha apoderado de personas de toda edad, sexo y condición. Nuestros templos están casi desiertos y despreciadas las ceremonias." Enrollando de nuevo la carta habló con tono serio: "Nuestro procónsul en Bitinia** está muy alarmado por la proliferación de esta secta judía en el Imperio..."

                "Conque Plinio el Joven es el autor de esa carta," pensé con molestia, pues recordaba esa chocante actitud adulatoria que era una constante en él, al menos mientras vivió en Roma antes de ser nombrado procónsul. A lo mejor, el astuto Dácico cansado de su presencia le encargó el gobierno de esa alejada provincia.

"No veo por qué tanta prevención contra los cristianos, es sólo una secta más de judíos, y el Imperio ha sido tolerante con todas las religiones de los pueblos donde ha llegado con la ’pax romana’. Nada más aquí en Roma hay un templo a Amón, dios de los egipcios, cosa que creo no molesta a Júpiter; por no mencionar las orgías, que interrumpen la tranquilidad de la ciudad, organizadas por los seguidores de Baco." Me atreví a refutar.

                "En el fondo estoy de acuerdo contigo. Además, políticamente es beneficioso tolerar las diversas religiones, teniendo en cuenta el considerable poder e influencia que ejercen los sacerdotes de casi todas éstas sobre los fieles, que son la mayoría de los habitantes del Imperio. Pero a mis consejeros, como a Plinio, les preocupa la prédica poco conveniente para Roma de los seguidores de aquel galileo que el procurador de Judea en tiempos de Tiberio tuvo que ajusticiar." Dijo en tono menos formal.

"Si me permites señor, quisiera agregar algo." Murmuró uno de sus consejeros. Se estaban demorando en meter sus narices, o mejor, sus lenguas.

                No tengo nada en contra de que un gobernante cuente con otros a su alrededor que lo aconsejen, de hecho lo considero sabio, pero siempre y cuando éstos obren de manera imparcial, objetiva y superponiendo los intereses del pueblo a los propios, incluso por encima de los intereses del gobernante mismo. Tal vez una utopía. Pero los allí presente, los conocía, eran unos codiciosos que no vacilaban en servir primero a sus bolsas y a la de otros patricios que al pueblo romano.

                El consejero continuó con la venia del César: "La preocupación por los cristianos no es tan infundada, capitán Trajano." Pronunció con prepotencia mi antiguo rango militar, queriendo recordarme que un legionario no discute con el César. "Ellos, apoyados en un supuesto amor al prójimo que incluye al enemigo mismo, están implícitamente contra las políticas y leyes de Roma. Es así como se oponen de manera abierta al servicio militar. Pero eso no es lo más grave. Sabes perfectamente que en su mayoría son esclavos y pobres," sentí que su tuteo era hipócrita, "lo que representa un peligro potencial para el Imperio." Hizo adrede una pausa para remarcar esta última frase.

                "Explíquese mejor, pues ahora tengo la inteligencia lenta de un campesino, no la aguda mente de un consejero." Observé como mi tío esbozó una leve sonrisa, le encantaba mi cinismo.

                "¡Vaya! Nunca dejas de sorprendernos." Puso a los otros dos consejeros de su lado. "Tu que ahora eres un hacendado, un patricio de la misma familia del César, deberías estar consciente que una rebelión de esclavos y siervos te afectaría notablemente, llevándote a la ruina como a los demás hacendados. ¿O quién araría tus tierras, cuidaría tu ganado o cosecharía tus olivos? ¿Acaso tu mismo, que ni hijos tienes?" Un golpe bajo. Me mordí la lengua. Continuó: "¿O quién te prepararía la cena o asearía tu casa, sino contaras  con tu esclavo egipcio o... la judía? Que hasta otros favores podrá concederte." Dos golpes. El desgraciado aún no perdonaba que me le hubiese atravesado en la subasta de esclavos en el puerto de Ancona.

                Este hombre, llamado Cornelio, era más rico, pero cuando descubrí a Sulamita en el muelle llegué a un acuerdo secreto con el traficante sirio, quien a cambio de una cuantiosa cantidad de plata y de un favor, que justo mi alto cargo público podía hacerle, la retiró del registro de la subasta de esclavos y me la vendió.

                Ahora me daba cuenta que tenía un enemigo más en la corte del César. Agradecí en mi interior el vínculo sanguíneo que me unía con el hombre más poderoso del mundo. Decidí controlarme y ver hasta dónde llegaría Cornelio, además, todavía ignoraba de qué se trataba todo esto.

                El consejero Cornelio siguió diciendo: "¿O estarías dispuesto a pagar salarios a los jornaleros para que trabajen tu campo, menguando tus ganancias? La alarma del procónsul Plinio por la propagación del culto cristiano no es nueva. Ya cincuenta años atrás Nerón les temía como insurgentes, y con razón, incendiaron a media Roma. Domiciano tampoco estuvo tranquilo con ellos..."

                No lo soporté más. Interrumpí las sandeces que ahora vomitaba este hombre, del que me preguntaba si no estaría pagado por los ricos sacerdotes de las otras religiones: "¡Oh, vamos! Todos aquí sabemos que el incendio de Roma fue el producto de una confabulación del pretor Tigelino, hombre cruel en quien Nerón confiaba demasiado." Remarqué pausadamente esta última frase y continué: "Al que el buen sentido del emperador Otón más tarde condenaría al suicidio. En cuanto al temor de una rebelión fomentada por los cristianos tus mismas palabras la descartan," le di de su misma bebida, "cuando dices que ellos se fundamentan en el amor al prójimo incluido el enemigo. ¿Cómo una religión con una filosofía así podría desencadenar la violencia o la rebeldía? Y en caso tal, ¿sería la primera rebelión de esclavos que el Imperio debería sofocar? Además," me dirigí hacia los otros consejeros, "piensen esto: Si se trata de una religión más, invento de los hombres, no perdurará, pero si en realidad proviene de un verdadero dios ¿quién podrá impedir su propagación?"

                ¡Por las barbas de Neptuno! ¿De dónde había sacado aquel discurso? Sin querer asumí el papel de defensor de los cristianos ante el César. Unos pobres perseguidos desde la época de Nerón, que profesaban una fe que me era ajena, pues más que una religión organizada los consideraba un grupo clandestino de fanáticos. Aunque reconozco que me simpatizaban por alguna inexplicable razón. Tal vez porque no se trataba de una religión impuesta por una casta dominante o clase gobernante, sino más bien todo lo contrario, estaba naciendo una nueva religión "de abajo hacia arriba".

                "Tu locuacidad no nos abruma ni tus palabras nos convencen." Replicó Cornelio de nuevo incluyendo a los demás. "Pareciera que tu esclava judía te está convirtiendo a su secta."

                Quedé pasmado, no se si por la falta de respeto del rencoroso consejero o porque jamás se me ocurrió que Sulamita fuese cristiana. La ira iba apoderándose de mi mente.

                "¡Basta ya!" Intervino oportunamente el Dácico. "Me es suficiente con evitar que este asunto de los cristianos no se convierta en un problema de Estado y tenga que pasar al Senado, como para que dos de mis más leales y allegados hombres lo transformen en un conflicto personal."

                Reinó en la sala un silencio tenso.

                "Si supiera la dulce Sulamita del viejo necio y baboso que el destino quiso librarla," pensaba. "¿Será cierto que es cristiana? Este intrigante senil no se atrevería a ofender a un sobrino del César así porque sí... Pero si yo la he tratado con bondad y le he depositado mi más absoluta confianza, ¿por qué nunca me lo confesó? ¿Acaso me teme?..." El muy maldito me había clavado la ponzoña de la duda. Pero no caería en su juego. Me juré no indisponer mi ánimo contra la muchacha.

                El Dácico se levantó de su silla. Con un rostro endurecido se dirigió a los tres consejeros: "Bien, señores. Creo que estarán de acuerdo por las palabras de Marco y por sus actuaciones anteriores al servicio de Roma, que es un hombre objetivo y justo, aunque a veces apasionado defensor de las causas nobles. Lo que no deja de preocuparme ya que muchas de las buenas causas son causas perdidas." Hizo una pausa sonriendo al tiempo que se acomodaba su manto purpúreo. Los consejeros también sonrieron excepto Cornelio. Continuó: "Así que seguiremos con el plan." Observó con gracia mi reacción de sorpresa, la que no pude ocultar.

                Ya intuía que algo no me gustaba de este llamado del César, menos la presencia de sus consejeros. Era evidente que yo hacía parte del mencionado plan, del que momentos después me enteré se oponía a mis propios planes. Mas, qué hacer, la voluntad del César subyugaba la mía.

 

 

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                (*) En Antioquía (Siria) se les dio el nombre de cristianos a los seguidores de Jesús de Nazaret, que antes se les llamaba nazarenos y eran considerados una secta judía.

                (**)Bitinia (Bithynia): antigua región al noroeste de Asia Menor. Hoy forma parte de Turquía

 

 

 

III

 

                Tres semanas después estaba dando las instrucciones finales a mis siervos de mayor confianza y al viejo mayordomo de la hacienda, a quien encargué de su administración durante mi ausencia. Hombre confiable, muy conocedor de los secretos del campo y del cultivo de olivos, recomendado por el anterior propietario, a quien había prestado también excelentes servicios al igual que al padre de éste.

                Sentí tristeza de tener que dejar esta agradecida tierra, pese a  que llevaba poco tiempo de haberme instalado en la hacienda. Pero es que una buena finca es como una hermosa mujer, primero nos atrae con su belleza natural, luego, si descubrimos empatía y nos sentimos a gusto ya se hará difícil apartarnos de ella.

                Ordené a Ahmés y a Sulamita que empacaran la menor cantidad de cosas posible. Nada más la ropa, mantas y abrigo necesario para el invierno que apenas iniciaba, para ellos y para mí. Como legionario había aprendido que cada bulto adicional era causa de problemas y retrasos. Lo demás que nos llegara a faltar lo compraríamos. Llevaría suficiente oro, plata y tablas de reconocidos cambistas. Dinero que en su mayor parte me suministró el Dácico, pues iba en misión oficial con las respectivas cartas de presentación selladas por el mismo César.

                Sulamita no ocultaba su entusiasmo por el viaje, propio de su curiosidad juvenil. No así Ahmés, quien no dejaba de rezongar por las molestias que esa inesperada misión le ocasionaría a un viejo cansado y cojo esclavo como él, según sus propias palabras. Aunque yo tenía presente su cojera, consecuencia de la salvaje paliza que le hizo propinar una infame concubina del emperador Domiciano, no la consideraba excusa suficiente para privarme de su útil compañía. Creo más bien, que en el fondo él sentía miedo, pues en su ya larga vida no había conocido mundo diferente al Egipto de su infancia y a la Roma de su juventud y madurez. Su robusta salud era envidiable, gracias muy seguramente a su también robusto estómago. No en balde eran famosas sus habilidades culinarias y buen gusto gastronómico.

                A la mañana siguiente, de madrugada, partimos los tres en sendos caballos más tres mulas que cargaban el equipaje tiradas de un peón que jineteaba una cuarta bestia.

                Grabé en mi memoria el aroma que despedía el campo a esa hora del día así como el hermoso paisaje que pintaban los primeros rayos del sol. Me despedí de aquella tierra, ahora mía, la primera que poseía, a la que pronto esperaba regresar.

                Ser sobrino del César no necesariamente involucra provenir de una familia rica. Por el contrario, mis orígenes fueron más humildes de los que la gente suponía. Mi padre había nacido como producto de un amor juvenil furtivo, de aquellos prohibidos por las diferencias de clase, entre el padre de Marco Ulpio Trajano "El Dácico" y una bella sierva de su familia en Itálica. Poco después, mi abuelo contrajo nupcias con la que sería la madre del hoy César, mujer de noble corazón quien no tuvo ningún reparo en permitir vivir en la misma casa y hasta colaborar en la crianza del hijo bastardo, luego de la temprana muerte de aquella sierva, mi abuela. Creciendo los dos niños como hermanos. Mi padre creció y pronto se casó, me engendró, llamándome igual que a su amado hermano menor.

                Cuando mi tío fue nombrado Cónsul por Domiciano, me llevó a Roma para terminar mi educación. Luego me enroló en la Legión, pues consideró que la disciplina militar y el adiestramiento en armas me sería útil. Alcancé el grado de Capitán. Siendo ya el César, después de servirle en las guerras por la Dacia, me introdujo en la política nombrándome en cargos públicos de alta responsabilidad. Hasta que un día me cansé y, aceptando que aquella vida no era para mí, renuncié. Recuerdo aquel día, no muy lejano, cuando el Dácico exclamó con desconcierto: "Eres igual a tu padre, ambos carecen de ambición. La que le sobra a mi primo Adriano... Está bien, tal vez sea lo mejor para ti. Cada hombre se forja su destino de acuerdo al favor de los dioses. No soy quien para oponerme."

Cabalgamos sin prisa, cuidando de no agotar a los equinos y ahorrando nuestras energías ante la larga travesía por mar que nos esperaba. Nos dirigimos hacia el puerto de Ancona, donde nos embarcamos Sulamita, Ahmés y yo en una nave cretense rumbo a Nicomedia, la antigua capital de la provincia de Bitinia, ubicada sobre el estrecho que da acceso al Ponto*.

 

Fue una travesía agitada, el Mar Nuestro** no presagiaba una tranquila misión.

Mientras Ahmés, víctima del  mal de tierra, cuando su indomable estómago no lo obligaba a doblar su cuerpo por la borda, renegaba entre maldición y maldición por su suerte, yo meditaba sobre las palabras del Dácico en una estera extendida en la cubierta  con mi cabeza recostada sobre el contorneado vientre de Sulamita.

“No quiero tomar decisiones precipitadas respecto a los cristianos, menos cometer actos injustos contra ellos, que de una u otra forma hacen parte del pueblo. Así que antes, quiero saber con certeza quiénes son      ellos y qué pretenden, cuántos son y qué tanto peligro encierran sus prédicas, si son una amenaza para el Imperio o si sus creencias son buenas para Roma.” Aquel día del llamado, el Dácico dejaba entrever que estaba indeciso ante el “problema cristiano”, como lo denominaba Cornelio.

“Por eso, querido Marco, te quiero comisionar esta misión especial.”  Continuó diciendo mientras posaba su mano sobre mi hombro. “Ve a Bitinia, como mi embajador plenipotenciario ante Plinio y los demás gobernadores, averigua todo sobre esta secta que parece propagarse como una peste sobre nuestras provincias. Si es necesario recorre Asia, Siria y hasta la misma Judea. Usa  toda tu sagacidad y el poder que te otorgo, investiga la verdad sobre estos cristianos y mantenme informado, sin intermediarios, a través de cartas de tu puño y letra. No me ocultes nada de lo que descubras o suceda...”

La brisa marina parecía jugar con el largo cabello castaño de Sulamita, mientras ella con sus dedos jugueteaba con el mío. Qué bien me sentía a su lado.

La imagen del César retornó a mi mente. Ahora la escena se remonta al jardín del palacio. Luego de dar por concluida la sesión en la sala de su despacho, me había tomado del brazo invitándome a caminar por el jardín con la excusa de tomar un baño de sol, dando a entender a Cornelio y a los demás consejeros que ahora debía tratar conmigo un asunto personal.

                "Marco, sé muy bien que no estás a gusto con la misión que te acabo de encomendar, la que te apartará más tiempo del que quisieras de tu nueva vida campirana. Pero créeme, que no sólo es porque necesito de tus objetivos e imparciales informes sobre los cristianos sino también por nuestra conveniencia." Susurró a mi oído mientras miraba de soslayo que nadie estuviera lo suficientemente cerca como para escuchar lo que decía."

                "Si es tu deseo, César, cumpliré con gusto la misión. Pero, ¿por qué dices que también es por nuestra conveniencia?"

"Deja el formalismo para las ocasiones oficiales. Ya viste la actitud de Cornelio, tu eres tan perceptivo como yo y se que atisbas el resentimiento que tiene hacia ti. Pues te digo que no es el único."

                Obviando mi cara de sorpresa el Dácico continuó: "Estar rodeado de ratas intrigantes es el precio del poder. La razón por la que un gobernante pierde la tranquilidad de su sueño. Se mantienen al acecho, esperando cualquier oportunidad para atacar en jauría, como este asunto con los cristianos. Qué mejor daño a la imagen del César, que lleva catorce años reinando, demasiado para algunos, que la del tirano perseguidor de una inofensiva secta religiosa pero que goza de gran aceptación entre el pueblo raso y hasta en las mismas filas de mi leal ejército. ¿Entiendes?"

                "Sí, tío. Y también entiendo que la familia y los amigos leales al César somos enemigos de esas ratas intrigantes."

                "Exacto. Por esta razón y otras más, en las que no tengo tiempo para entrar en detalles, deseo que te alejes de Roma y del remolino político que cada día crece más amenazándonos, al menos hasta que el porvenir se vea más claro. Te envío a las provincias del oriente para que cuides mi espalda, tu misión oficial como espía entre los cristianos abarca  más, descubre a mis verdaderos enemigos: los que ostentan o ambicionan el poder. Se mis ojos y mis oídos, y manténme informado... ¡Ah! Y no te separes de tu espada."

 

 

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(*)   “Pontus Euxinus” en latín: hoy Mar Negro.

(**) “Mare Nostrum” en latín, también llamado “Mare Internum”: hoy Mar Mediterráneo.

 

 

 

IV

 

                Hicimos escala en Atenas por tres días, tiempo suficiente para conocer la cuna de la Filosofía. Me di gusto recorriendo la ciudad de Sócrates, Platón y Aristóteles, en compañía de Sulamita, quien con un apetito insaciable por aprender exprimió de mi mente cuanto conocimiento recordaba sobre los antiguos griegos. Mientras Ahmés, en las diferentes tabernas del puerto, saciaba su apetito con los manjares de la cocina griega, pasándolos con vino al que también le tenía afición, a veces en exceso.

                Recuerdo que cuando abordamos de nuevo el barco, para continuar la travesía, el capitán cretense me recibió malhumorado. Se quejaba de la lidia que les dio Ahmés, unas horas antes, cuando abordó en  un lamentable estado de embriaguez. Por lo que entendí, el egipcio  llegó a duras penas manteniéndose de pie, habiendo un momento en el que el vaivén ocasionado por las fuertes olas le hizo perder el equilibrio no encontrando donde más sujetarse que de la delicada túnica de la amante ateniense del capitán. Una gruesa señora que salió, ante el empujón de Ahmés, proyectada por la borda cayendo al agua... ¡desnuda!

                Al ebrio Ahmés sólo se le ocurrió gritar al ver la túnica que quedó en sus manos: "Oye gordita, ¿dónde compraste esta tela tan fina?"

                Tuve que soportar el regaño del capitán por, según él, mi exagerada condescendencia con el esclavo al que le faltaban unos buenos latigazos que lo disciplinaran. Para calmar su enojo, que ya estaba poniendo en peligro nuestra tranquila travesía, me vi obligado a simular una gran turbación, cosa que no me fue fácil ante el contagioso ataque de risa que no podía contener Sulamita.

                Con el furioso capitán a mis espaldas, exigí una explicación al tambaleante Ahmés.

                "¡Por Osiris! Pero si es vaca se cayó sola, yo nada más traté de sostenerla agarrándola por la túnica... ¿Pero qué túnica puede soportar tanta masa de carne?"

                Ante tal explicación, y anticipándome al capitán, le propiné una bofetada a mi leal Ahmés, que lo derribó. Lo que pareció satisfacer al lobo de mar, que no dudo, se hubiera devorado al egipcio si no lo castigo con mi propia mano, al que agregué una enojada orden de seguir una dieta a pan y agua por tres días. Orden que sabía no cumpliría, ya que Ahmés era quien administraba nuestras provisiones.

 

                Otro día, en que navegábamos por las tranquilas aguas próximas a las costas de Asia*, una pareja de delfines saltó frente a la proa. Parándome sobre esta canté casi gritando una antigua melodía turdetana. La que a los delfines pareció agradarles, pues de inmediato surgieron otros cuatro delfines a babor y a estribor. Estos seis magníficos ejemplares marinos nos obsequiaron la más maravillosa danza acuática que mis ojos jamás hayan visto. Hasta el capitán y los marineros estaban asombrados, algunos de los cuales llegaron a aplaudir tan magistral espectáculo de la naturaleza.

                Escuché cuando el capitán acercándose a Sulamita, le dijo: "Tu amo es un hijo de Poseidón, mira como los príncipes del mar lo respetan."

                No le di importancia a este hecho, excepto que sí percibí a partir de aquel día un trato más cordial por parte de la tripulación. Los hombres de mar griegos creen en muchos agüeros y mitos, considerando a los delfines los seres más sabios del mundo marino, los hijos del dios de los mares.

                Pero ignoraba la rapidez y penetración de las voces comunicantes de los marineros en tierra.

               

                La soleada mañana en que avistamos el puerto de Nicomedia, Sulamita exclamó: "Parece una ciudad muy antigua."

                "Lo es. Bitinia formó parte del imperio persa de Ciro, hace más de trescientos años se constituyó en reino independiente, regido por una dinastía de reyes llamados Nicomedes. Su capital: Nicomedia. Al morir el último de ellos, Nicomedes IV "Filopátor"**, dejó su reino en herencia a Roma, sin que el rey del Ponto, Mitrídates, pudiera evitarlo." Repuse.

                “Me gustaría tener tantos conocimientos como tu." Sonrió tomándome del brazo.

                "Tal vez conozca sobre los extraños, pero conozco poco sobre los que me rodean." No pude resistir más. Desde aquel día en que Cornelio me punzó, había callado, pese al sentimiento de amo engañado que me carcomía.

                La malicia femenina de Sulamita afloró: "¿Qué me quieres decir, amo? Desde que te llamó el César te he notado algo extraño, distante y hasta algo desconfiado conmigo. Soy tu fiel servidora, siempre lo he sido..." Por un instante pensé que agregaría "y siempre lo seré hasta la muerte," o más bien eso deseé. Pero tras una breve pausa continuó: "Si deseas preguntar algo que te inquieta o aclarar dudas de tu corazón, hazlo mi señor, es tu derecho." Dijo esto con cierto enojo. Vieja táctica de las mujeres: escudarse tras una supuesta ofensa ante el ataque que ven venir.

                Decidí ir directo al asunto: "¿Eres cristiana?"

 

 

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(*) Asia: antigua provincia romana en la costa oeste de la actual Turquía.

(**) El rey Filopátor murió en el 74 a.C.

 

 

 

V

 

                Esa noche, en la que desembarcamos en Nicomedia, mientras trataba de conciliar el sueño en la cama de la habitación  que Ahmés rentó en una taberna próxima al puerto, pensaba en la sollozante confesión de Sulamita. Me embargaban contrarios sentimientos: orgullo herido por el engaño y admiración por su franqueza, ira conmigo mismo por no haberlo sospechado y envidia de ella por la certeza con la que hablaba sobre su credo, enojo con los cristianos que la convirtieron aprovechando quizá su ingenuidad y curiosidad por esa nueva religión que no hacía distinciones entre el amo y el esclavo.

                La miraba una y otra vez, dormida, tendida a mi lado abrazándome, con ese delicado  rostro de una belleza exótica y esa suave piel cetrina que reflejaba los rayos de luna que se filtraban por entre las celosías de la ventana. La ternura que emanaba apaciguaba mi confundido corazón. Cómo castigar, siquiera reprender, a un ser así. No podía.

                Recordé las palabras de Diana, mi última amante: "Dicen que el amor es sincero y transparente, mas ni la inmortalidad es suficiente para conocer los capítulos oscuros de un compañero."

                ¿Sulamita, por qué has llegado hasta mí como esclava y no como princesa? Quería preguntarle como si ella fuera la responsable de mi vida, o más sinceramente, de mis prejuicios. Esta joven de Palestina tenía todo lo que siempre había anhelado de una esposa, excepto que era una esclava y no la hija de un noble, una mujer digna de mi rango.

                Sonreí. Volvía a mi mente la imagen de la escena en el barco, cuando ella entre lágrimas y explicaciones me pedía perdón. Ahmés, quien había escuchado todo exclamaba: "¡Ves amo, lo que pasa con la mujeres cuando se les brinda confianza! A una mujer no se le habla con la boca sino con la mano, pero con una mano que sostenga un látigo o un palo. Por Amón que todas las mujeres son poseídas por demonios con el fin de amargarnos la vida a los hombres."  Cuando le espeté con mis ojos agregó: "Bueno, casi todas... Sólo Isis, mi santa madre y la tuya, generoso amo, han sido dignas de idolatría." Ante mi gélida mirada y contundente silencio, Ahmés fingió toser y se marchó justificándose: "Iré a disponer nuestro equipaje para el desembarco."

                Sulamita me confesó ser cristiana desde mucho antes que unos traficantes sirios la rescataran agonizante en el desierto, después de que la caravana de su familia que se dirigía a Damasco fuera asaltada y aniquilada. Así, luego de comprarla en Ancona a uno de ellos, ella se puso en contacto con la comunidad cristiana de Roma, con quienes continuó sus prácticas religiosas, algunas de cuyas reuniones se realizaban todavía en las catacumbas.

                Yo estuve entonces equivocado, ella no era judía, su familia provenía de una región llamada Samaria, al norte de Judea. Su abuela, según me dijo, había conocido a Jesús de Nazaret un día que ella fue a recoger agua al pozo de su tribu y Él le pidió de beber. El Galileo fue cuestionado por los suyos, en especial por la clase sacerdotal judía, por mezclarse con estos samaritanos y otros pueblos.

                Sulamita se encontraba plena en Roma, entre la comunidad fundada por Pedro, discípulo elegido por Jesús de entre los llamados doce apóstoles, el que murió también crucificado pero de cabeza por respeto a su Maestro. En la capital del Imperio también pereció un tarsiota llamado Pablo, un ciudadano romano que perdió su cabeza por expandir esta nueva religión, como muchos otros.

                Estoy seguro que Ahmés sí estaba enterado de la religión de Sulamita. Conociéndolo, debió seguirla en más de una ocasión a sus reuniones secretas, a las que supongo ella se escapaba cuando yo me ausentaba. Pero decidí dejar el asunto en este punto. Además, tal vez pudiera utilizar el conocimiento de Sulamita sobre los cristianos para cumplir parte de mi misión, de la que obviamente no sabían ellos dos.

                A la mañana siguiente tenía planeado presentarme ante Plinio el Joven, el que suponía ya debía estar al tanto de mi arribo a su provincia.

 

                El Procónsul me recibió tal y como lo esperaba, con ceremoniosa lisonja. El curso de los años no lo habían cambiado en nada. Hay hombres que parecen pasar por la vida sin que ésta pase por ellos, Plino era uno de ellos. Considero al mundo una academia adonde venimos a aprender la más grande de las filosofías: la de la vida; pero algunos parecen aprender muy poco, o peor aún, ni siquiera saben que deben aprender.

                "Bienvenido a mi humilde casa, Marco Trajano, sobrino del César y según dicen hijo del dios griego Poseidón." Era evidente que quería demostrarme su control absoluto sobre Bitinia, que se mantenía informado de cuanto forastero transitaba por su provincia y que ningún detalle escapaba a su oído.

                Intercambiamos las palabras de rigor, respondí a sus preguntas que trataban poner de manifiesto un interés por la salud del Dácico, las últimas actuaciones del Senado y sobre asuntos políticos en Roma. Cuestiones todas, que estoy seguro, él ya conocía a la perfección. Ni se mostró sorprendido cuando le entregué la carta del César en la que le anunciaba y le pedía su colaboración para el cumplimiento de mi misión.

                "Es un honor para este humilde servidor que nuestro amado César le conceda tanta importancia a mi advertencia sobre la amenaza cristiana enviando a uno de sus más leales capitanes, de sangre noble." Dijo al terminar de leerla. Pareciera que utilizara el calificativo de humilde para todo lo que tuviera que ver con él.

                "Ya no soy capitán, respetado Plinio, me retiré de la Legión hace varios años para servir a Roma en la administración pública." Sabía muy bien que él estaba enterado, pero decidí seguir su juego.

                Plino el Joven, aunque famoso hombre de letras, no me inspiró simpatía, lo que me hacía desconfiar de él. No obstante sus actuaciones habían demostrado lealtad al César. Detrás del adulador nunca hay un amigo, hay un interesado, un inseguro o un cobarde que no siempre es enemigo.

                No pude negarme ante su insistencia de acomodarme en una de las habitaciones de su palacio. A él le convenía, me mantendría así más estrechamente vigilado y tendría más oportunidad de congraciarse conmigo esperando le llevara un buen informe al Dácico.

                Fue un error aceptar su hospitalidad. Los primeros días me puso una escolta que mermó a tal punto mi movilidad que exasperado los eché a gritos, debiendo luego darle una larga explicación al susceptible Procónsul. ¿Cómo investigar con discreción sobre los cristianos con una escuadra de legionarios siguiéndome como la sombra por las calles de Nicomedia?

                Después descubrí a un par de espías, aficionados muchachos bitinios, que me seguían sin tregua. Uno de ellos aterrorizado por el frío del metal de mi espada que apretaba su garganta me confesó que era enviado por el mayordomo del Palacio. La explicación de Plinio, quien alegó desconocimiento, fue una supuesta mala interpretación de cuidarme por parte de su hombre.

                Ya era muy tarde, todo esto había llamado demasiado la atención entre los pobladores de Nicomedia, además ya había corrido la voz del incidente con los delfines. No tuve conciencia del poder de la "vox populi" hasta que caminando por la plaza principal, unos niños me alcanzaron corriendo y tocando mi manto se decían unos a otros "Hijo de Poseidón... Los delfines le obedecen," en su griego nativo.

                Obviamente no pude abrir ninguna puerta del secreto mundo cristiano. ¿Quién confiaría en un romano amigo del Procónsul, emisario del César? Y tal vez ya circulaba el rumor de mi parentesco imperial.

En cambio a un viejo cojo egipcio y a una samaritana echada a menos sí les sería fácil infiltrarse entre los cristianos de Nicomedia. Ya era hora de hablar con franqueza. Pondría a prueba la lealtad de ellos, en especial la de Sulamita.

                "Amo, me pides algo muy difícil, mas tu sabes que daría mi vida por ti. Sería traicionar a los míos, a los que siguen el Camino como yo." Exclamó Sulamita acongojada.

                "No te pido que los traiciones, sólo que me informes de sus actividades y propósitos, del número de adeptos y quiénes son sus líderes. El César nada más desea estar seguro que no representan peligro alguno para Roma." Dije estas palabras con poco convencimiento, pues no podía apartar de mi mente la influencia que ejercían sujetos como Cornelio en las decisiones políticas tanto del Senado como del César.

                "Amo, perdona mis palabras, pero ya antes se han desatado persecuciones contra nosotros por orden del César. Tu lo sabes bien... En la misma Roma han sufrido y perecido cientos de mártires por ninguna causa diferente a la de difundir las enseñanzas del Nazareno. Si eso llegara a suceder aquí, por mi culpa, no desearía seguir viviendo." Replicó sollozando.

                "¡Ah, mujeres! Todo lo quieren arreglar con lloriqueos." Intervino Ahmés extendiendo sus brazos hacia el cielo. "Déjeme ese trabajito, amo. Ya verá que en menos de una semana sabrá hasta qué come el jefe de esa banda. Que esta judía llorona se encargue de atenderlo a usted nada más."

                "¡No somos una banda!" Gritó Sulamita.

                Comprendí su dilema y también vi la fuerza espiritual que poseía. Sentí celos de aquel Galileo. Cómo las palabras de un hombre al que sólo una vez había visto su abuela  podían generarle tal convencimiento y fidelidad, hasta el punto de negarse a obedecer a su amo. "¿Acaso, era en realidad este hombre el Hijo del Dios Único, como lo pregonaban sus seguidores? A mí, ahora en Nicomedia, me llaman Poseidón, pero en pocos días todos lo olvidarán, más aún cuando haya partido. ¿Por qué ochenta años después de su muerte siguen llamando así al tal Jesús de Nazaret? ¿Quién era ese hombre que logra, que todavía hoy,  sus seguidores se multipliquen como abejas por todo el mundo?," pensé.

                Decidí, pues, que por el momento solamente Ahmés intentara permear esta secreta sociedad o comunidad religiosa.

                Cometí otro segundo error al creer que Sulamita se quedaría de brazos cruzados. Muy pronto descubriría la magnitud de ese fuego interior que ardía en su corazón.

 

 

 

VI

 

                No sabía bien el porqué, pero decidí tratar de entrevistarme con el líder cristiano de Nicomedia, un hombre al que llamaban Filopátor, no sé si en honor a aquel último rey bitinio o porque era su descendiente o como alias para ocultar su verdadera identidad.

                En las dos semanas que transcurrieron desde nuestra llegada, no fue mucho lo que avancé en mi misión. No tenía suficiente información como para escribirle al Dácico, nada que valiera la pena.

                La información que Ahmés logró obtener era más bien escasa y de dudosa credibilidad. No fue entonces posible establecer contactos. Hasta que un día, Sulamita me entregó una pequeña tablilla en la que estaba grabado un pez sobre una copa, y me susurró al oído en un tono serio: "Amo, se que eres un buen hombre, siempre me has tratado con bondad y amor, así como sé que no tienes razones para hacernos daño a los hombres y mujeres que seguimos el Camino. Esto le he dicho a Filopátor y él ha aceptado hablar contigo..."

                Me estremecí de miedo al pensar en el riesgo que corrió Sulamita, y más cuando imaginé en lo que ella haría si el resultado de este encuentro trajera desgracias a los cristianos de Nicomedia. Una extraña vacilación me invadió.

                Seguí sus instrucciones. Al mediodía del día siguiente, esperé sentado en la fuente de la plaza del mercado. Me sentía observado. Al rato, una mujer que parecía por su atuendo dedicarse a la prostitución se me acercó, sonriendo me preguntó: "¿Qué buscas forastero, el placer o la Verdad?"

                "La Verdad es para el espíritu lo que el placer para el cuerpo, mas la Verdad perdura en el tiempo, mientras el placer dura sólo un momento." Respondí.

                "Entonces paga con la moneda adecuada," dijo sin dejar de sonreir. Era bella pese a que su piel comenzaba a marchitarse seguramente por el trajín de su oficio ejercido por largos años.

                Le entregué la pequeña tablilla, luego ella me pidió que la siguiera. Caminamos por entre calles y callejones. Observé que con frecuencia miraba de reojo a nuestras espaldas, lo que aumentó mi nerviosismo. De repente nos detuvimos frente a la puerta de una casa, de inmediato un hombre viejo y tuerto de aspecto descuidado la abrió, me hizo señas para que entrara de prisa.

                Era una casa de gente sencilla. Además del tuerto que olía de un modo apestoso había adentro un anciano de barba blanca, éste si muy pulcro en su vestir. Me invitó a sentarme frente a él, con una sólida mesa de por medio.

                "Soy Filopátor, honorable Marco Trajano. No necesitas presentarte, sé todo sobre ti y tu misión." Fue su saludo.

                La cabeza me daba vueltas, ¿todo... misión...?, ¿por Sulamita o por espías en el palacio de Plinio o hasta en la misma corte del César?

                "Gracias por aceptar esta entrevista." Fue lo único que se me ocurrió decir.

                "Muchos entre mis hermanos se opusieron a efectuar este encuentro, pero hace unos días tuve un sueño: Vi a un hombre, era un legionario, que en un campo desolado clavaba su espada en la tierra y después abrazaba una cruz de madera que tenía frente a él.

Lo interpreto como que algún día Roma enarbolará la Cruz del Cristo*, ante su decadencia. Y también la... Bueno, no importa.  Por eso no podía negarme la oportunidad de mostrar la Verdad a los oídos del Dácico, por medio de su sobrino, confiando en que el poderoso César no desate más tarde otra oprobiosa persecución en contra nuestra, repitiendo la barbarie de Domiciano."

                Era un hombre de hablar pausado y actitudes reposadas, un anciano que inspiraba respeto.

                "Venerable Filopátor, la única preocupación del César es si los seguidores del Nazareno, que al parecer son muchísimos, no son una amenaza para el Imperio." Decidí ir al grano.

                "No podría un verdadero cristiano representar una amenaza para Roma, iría contra las enseñanzas del Maestro, quien entre otras cosas dijo: ’Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es suyo.’ Pero entiendo el temor de Roma, pues el predicar el amor al prójimo y la igualdad entre los hombres va contra los intereses del Imperio, o mejor, de los patricios." Replicó esbozando una sonrisa.

                Recordé las palabras de Cornelio al respecto. Toda esta cuestión contra los cristianos más que un asunto político era un asunto económico que amenazaba a la clase dominante. Me asqueaba el tener que servir a una causa de este tipo, así como detesto al rico que maltrata al pobre, tal vez porque por mis venas corre sangre de siervos.

                La entrevista fue extensa, Filopátor parecía empeñado en convertirme a su Fe. Me contó con lujo de detalles toda la vida de Jesús, el Galileo, la que resumiré como una vida normal para un carpintero judío, bastante inteligente y no menos noble, pues descendía del glorioso rey David, y que en sus últimos tres años de vida marchó por la tierra de Palestina predicando la existencia de un Dios paternal y amoroso, no el colérico y vengativo al que temen los descendientes de Israel. Un Dios Padre, un Dios para amar y confiar en él, no uno para temer e implorar piedad. Un Dios Padre, que da a sus hijos, los hombres, como mayor regalo la Vida en su maravillosa creación material: el Mundo; y al finalizar ésta, la posibilidad de la Vida Eterna del espíritu de cada hombre en su Reino: el Cielo, un mundo muchísimo más grande y bello pero que no es material.

                Es esto lo que entendí por la Verdad, cuya prédica llevó al Galileo a la muerte en la Cruz, así como a muchos de sus seguidores.

                Se comprende entonces que esta Verdad asuste al Imperio del César, como asustó  a la ortodoxa dirigencia judía, más cuando sus adeptos se multiplican día a día por millares. Pues, para el cristiano el César es un hombre más que adolece de la tan pregonada divinidad, y menos aceptable le será la subyugación de los esclavos y siervos. Rico y pobre, César y esclavo, sacerdote y siervo, son a fin de cuentas iguales ante los ojos de Dios, hijos de un mismo Padre. La diferencia es, en este mundo de la materia, que uno tiene poder y el otro no.

                Vi todo con claridad: Ningún imperio o reino se sostendrá por mucho tiempo si su gobierno está soportado en esta vana diferencia. Por esta razón Roma algún día caerá, como todas las Romas que surjan en el futuro, mientras el cristianismo se expandirá por el mundo, como toda religión que se fundamente en la Verdad.

                Entendí también a qué se refería Filopátor cuando dijo que un verdadero cristiano no podría representar una amenaza para Roma. Es que el hombre que cree en las enseñanzas de Jesús, sabe que es hijo del Dios Padre y no debe hacerle daño a sus hermanos, los otros hombres, así sean judíos o romanos. ¿O quién, que respete y ame a sus padres, levantaría una espada contra su misma sangre?

                Por lo anterior también creo, que, muchos quieren ser cristianos pero pocos lo logran de corazón, pese a que todos son bautizados. Porque la codicia, la venganza, los celos, la envidia, el egoísmo, en fin, todas las vanidades de los hombres, priman sobre la aceptación de esta Fe que enseñó Jesús de Nazaret. "Ámense los unos a los otros como a Dios mismo, es el único mandamiento que les dejo," dijo Él, pero, ¿cuántos cristianos llegan realmente a sentir respeto y aprecio por los demás seres sin excepción?

                Siendo precisamente este credo lo que más admiro de esta nueva religión. Un credo sencillo pero difícil. Un Dios Padre de todos y para todos, con el que hay que actuar en consecuencia. Un Padre con un plan para todos y cada uno de sus hijos, pero que al mismo tiempo nos otorga la libertad de seguirlo o no

                Por fin había encontrado una religión que me llenaba. Una religión con una filosofía digna del Dios Supremo. Entró en mí el deseo de conocer más sobre los cristianos y su Maestro, ya no causado por el cumplimiento de la misión encomendada por el Dácico sino por el apetito de un espíritu que durante años ha estado hambriento de respuestas, cuya existencia intuía.

                Pero siempre he mantenido cierta prevención cuando me acerco a determinada religión, filosofía o idea, por buena que parezca. Ya que he observado que una considerable parte de sus adeptos, practicantes o seguidores no comprenden la esencia o el fondo de lo que creen, cayendo en la distorsión, en un fanatismo que denigra el mismo credo. He visto que muchos siguen más al predicador que lo predicado en sí, pareciera que son incapaces de pensar por sí mismos entregándose por completo a todo lo dicho y hecho por el líder, maestro o sacerdote. Confían en que él piense por ellos y enaltecen su verdad como la verdad de todos. Los cristianos no serían la excepción como lo confirmaría tiempo después.

                Ahora el problema era qué le informaría a mi tío. Si le escribía todo lo que he expuesto, en especial esto último, no dudaría en considerarlos una amenaza para la estabilidad político-económica del Imperio, y con razón, pues será inevitable que grupos exacerbados por líderes que distorsionen el Mensaje del Cristo se rebelen, llegándose a derramar sangre. Hasta veo un futuro cargado de intolerancia y resentimiento entre las diferentes facciones o grupos cristianos. El problema se originará en las múltiples interpretaciones del Mensaje Divino que se darán bajo las diferentes circunstancias, a conveniencia de los que ostenten o anhelen el poder. Siempre ha sido así.

                Esta nueva religión se está masificando de una manera peligrosamente rápida, el que quiera es bautizado sin siquiera saber bien porqué, sin entender a cabalidad cuál es el sentido o la esencia de esta magnífica Fe.

                Imaginé a qué tipo de conclusiones llegaría el Dácico junto con sus consejeros, o si se leyera en el Senado un informe mío así. El resultado obvio: otra persecución.

                No estaba dispuesto a cargar sobre mi conciencia sangre cristiana.

                Decidí entonces, enviar un informe que mostrara a los cristianos como una secta de gente pobre en crecimiento, una nueva religión más que llegaba al Imperio tan inofensiva como la griega, la egipcia o como la misma religión judía de la que se derivó. Dejaría entrever entre líneas que sería más conveniente para el César tolerarlos que perseguirlos, además conociendo los resquemores de mi tío, le daría a entender que sería prudente dejarlos en paz ya que si realmente este Jesús tenía procedencia Divina era mejor para el César y para Roma no desafiar a su dios.

                No obraría mal escribiendo un informe más "discreto", considerando que nada efectivo se podía hacer para atajar el cristianismo, su fuerza era incontenible, aún para el imperio más poderoso del mundo, ya que ella radicaba en la simpleza de su esencia, un credo que, como ya lo mencioné, satisfacía el hambre de respuestas que el espíritu humano ha tenido por centurias: La razón de la existencia, la no soledad del Hombre, la solución a los problemas gracias a la intervención Divina, el designio Divino, el destino inexorable de cada ser, el origen Divino del Hombre y lo que sigue a la muerte o la certeza de la Vida Eterna en el más allá. Siendo este último misterio el que más me llamaba la atención de la prédica del Galileo, la respuesta sobre la que mi espíritu más quería profundizar pero sobre la que menos conocimientos demostraban tener los cristianos a mi alrededor, inclusive Filopátor. Quien ante la dificultad de responder a mis cuestionamientos al respecto me recomendó viajar a Antioquía**, en Siria, la verdadera cuna del cristianismo, donde se organizó la primera comunidad en forma.

                Allí encontraría a los primeros discípulos de los doce apóstoles y del tarsiota llamado Pablo. Tal vez ellos le dieran respuestas más satisfactorias al sediento filósofo que había en Marco Trajano, según palabras de Filopátor.

                Así, a la mañana siguiente de mi larga entrevista con el líder de los cristianos de Nicomedia, escribí el informe para el César, la primera carta que le enviaba desde mi salida de Roma. La cual, no sospechaba que, muy pronto pondría nuestras vidas en peligro cambiando el curso de los acontecimientos.

 

 

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(*) Cristo: del griego Christus que significa "Ungido". En latín Christu

(**)Antioquía: Antiócheia en griego, Antakya en turco y Antiochia en latín. Fundada en el 300 a.C. por Seleuco, fue una de las ciudades más populosas de la antigüedad y centro de la cultura helenística. Capital de los seléucidas, pasó al imperio romano en el 64 a.C. y se convirtió en sede de los gobernadores de Siria (Syria).

 

 

 

VII

 

                Dos días después de enviar mi informe al César, a través de un correo no oficial que me había recomendado el mismo Filopátor, salí en la tarde a dar un paseo por las calles de Nicomedia en compañía de Sulamita. Quería apreciar la arquitectura de la antigua ciudad bitinia y conocer un poco más la vida cotidiana de sus habitantes, así como ejercitar mi cuerpo, al que siempre he procurado darle un buen cuidado.

                Creo que el cuerpo es la casa que nos obsequia Dios, su mejor regalo, para que en ella habite nuestro espíritu, su soplo de vida, y por lo tanto debemos mantenerla limpia y en buen estado. Por eso ni la limpieza ni el ejercicio físico deben considerarse como una pérdida de tiempo. Desde niño mi madre me inculcó el baño diario con agua limpia, el baño de sol frecuente y el lavado de la boca después de comer, incluso me enseñó a cepillarme los dientes con un corto pincel de crin de caballo e insistía en la importancia de retirar los residuos de comida entre las piezas dentales con hilos. Cuando conocí a Sulamita, descubrí que ella coincidía en estas sanas costumbres, algo que me agradó sobremanera y explicaba su perfecta dentadura que no ocultaba al sonreir como muchas mujeres y hombres suelen hacerlo. La boca es como la entrada a la casa, repetía mi madre, por eso hay que mantenerla digna de mostrar, que invite a entrar en vez de causar repugnancia.

                Es curiosa la insistente práctica romana de la afeitada de la barba y el corte del cabello con frecuencia, mientras poco se insiste en la limpieza bucal. Cuando he escuchado que muchísimas mujeres, sean nobles, cortesanas o esclavas, prefieren a los hombres con dentaduras sanas y sin malos olores a los que nada más les preocupa la cara rasurada y un cabello rizado.

                Tampoco se cuida quien se excede con el vino, la embriaguez no sólo degrada al hombre y lo hace despreciable a los suyos sino que envilece su cuerpo.